En las escuelas esotéricas se relata una parábola tibetana. Dice que un hombre sin conocimiento se parece a un carruaje en que los pasajeros son los deseos; los caballos, los músculos, y el carruaje mismo, el esqueleto. El conocimiento es el cochero, dormido. Mientras el cochero siga dormido, el carruaje será arrastrado sin objeto alguno hacia este o aquel sitio; cada pasajero procurará dirigirse a un sitio particular y los caballos tirarán en otras direcciones. Pero cuando el cochero se despierta y empuña las riendas, los caballos tiran del carruaje hacia los destinos a donde llevar a los pasajeros.
En aquellos momentos en que el conocimiento logra ser uno con el sentimiento, los sentidos, el movimiento y el pensamiento, el carruaje avanza a gran velocidad por el camino que le corresponde. El hombre puede efectuar descubrimientos, inventar, crear, innovar y "saber". Comprende que su pequeño mundo y el gran mundo que lo rodea no son sino uno y el mismo y, en esa unión, ya no se siente sólo.
Feldenkrais, M. (1991) Autoconciencia por el movimiento. Ejercicios para el Desarrollo Personal. Barcelona. Paidos P.64.
viernes, 28 de agosto de 2009
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